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El DEMONIO, todo lo que quieres saber de el.

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SIPPP¡¡¡ El DEMONIO, todo lo que quieres saber de el.

Mensaje por Admin el Jue Jun 27, 2013 8:48 pm

Nombre y naturaleza del demonio. La palabra d. (daemonium en latín, en griego daimonion, derivados neutros y diminutivos que prolongan las voces daemon y daimón) tiene una larga genealogía de formas y significados en la literatura pagana de los griegos, subyacente casi siempre la idea de lo divino y, según su morfología neutra, sugiriendo una realidad imprecisa, abstracta, más que un contenido personal y concreto. El término es frecuente en Homero y Platón, pudiendo significar un dios o diosa, como nombre apelativo, o también el poder divino, la divinidad, el destino, de ordinario con sentido peyorativo, como infortunio. Otras veces designa dioses inferiores; los griegos llamaban d. a las fuerzas activas en el mundo, a las que procuraban congraciarse, convirtiéndolas en dioses y tributándoles culto (la diosa de la fecundidad, el dios del vino, etc.). Posteriormente pasó a significar las almas de los muertos que, si habían sido hombres conspicuos, eran considerados como genios tutelares, intermediarios entre los dioses y los hombres. Sócrates llamaba daimonion a la voz interior que habla al hombre, le guía y le aconseja (la conciencia), lo que le valió a sus 70 años la acusación de adorar a una nueva divinidad frente a las antiguas y oficiales, siendo condenado a beber la cicuta (cfr. A. Bailly, Dictionnaire grecf rancais,París 1968; A. Blaise, Dictionnaire latín-françaís des Auteurs chrétiens, Turnhout 1967; v. t. ÁNGELES I; DIFUNTOS I; ESPÍRITU 1I).
     
     La teología ha conservado el vocablo, instrumentándolo para expresar un contenido singular que le suministra la Revelación y la fe: un personaje infortunado, real y concreto, creado bueno por Dios, de naturaleza espiritual e invisible, que por su pecado se apartó de Dios y se hizo malo. Demonio es un espíritu malo. Esto quiere decir que el d., como ser, tiene naturaleza igual a la de los espíritus buenos o ángeles, y que cuanto sabemos sobre los ángeles vale también como dicho del d., excepto en lo que se refiere a su moral (v. ÁNGELES II-ni). Demonio es un ángel caído. En él coinciden paradójicamente lo mejor y lo peor, con una repugnancia radical, abominable. Es la mejor naturaleza creada y tiene la peor voluntad libre. Es el «ángel apóstata». en expresión de S. Ireneo.
     
     2. Definiciones del Magisterio eclesiástico. Cundiendo entre los maniqueos y priscilianistas la idea de que el d. era sustancialmente malo, coexistente junto a Dios en paridad rival, que había hecho en el mundo algunas criaturas y que por su propia autoridad sigue produciendo los truenos, los rayos, las tormentas y las sequías, el I Conc. de Braga (561), en Portugal, pronunció esta sentencia: «Si alguno dice que el diablo no fue primero un ángel bueno hecho por Dios, y que su naturaleza no fue obra de Dios, sino que dice que emergió de las tinieblas y que no tiene autor alguno de sí, sino que él mismo es el principio y la sustancia del mal, como dijeron Maniqueo y Prisciliano, sea anatema» (Denz.Sch. 457,458; v. MANIQUEÍSMO; PRISCILIANO; DUALISMO). Y como perviviesen estos errores en la Edad Media, Inocencio 111 propuso una profesión de fe (18 dic. 1208) a Durando de Huesca y compañeros valdenses en la que se dice: «Creemos que el diablo se hizo malo no por naturaleza, sino por albedrío» (Denz.Sch. 797).
     
     Poco después el Conc. IV de Letrán (1215) enseña que «el diablo y demás demonios, por Dios ciertamente fueron creados buenos por naturaleza; mas ellos, por si mismos, se hicieron malos» (Denz.Sch. 800). En la intención del Concilio se destaca la afirmación de que Dios es «un solo principio de todas las cosas»; por tanto, hl creó todos los espíritus y los creó buenos. Siendo criaturas libres podían pecar y algunos pecaron; no sabemos cuántos; los ángeles que pecaron son los demonios. Antes de pecar todos eran espíritus buenos, criaturas nobilísimas, sobrehumanas, producidas por la bondad del Creador. Con el pecado, los que se enfrentaron a Dios, abusando de su libertad, se hicieron moralmente malos, y los llamamos d. para distinguirlos de los espíritus que permanecieron fieles, a los que llamamos ángeles. De su ser natural nada perdieron; perdieron a Dios y perdieron el cielo.
     
     Frente a quienes defendían una aposcatástasis (v.) final el Magisterio ha definido también la permanencia del d. en su estado de condenación por toda la eternidad (Denz.Sch. 411, etc.). (V. t. INFIERNO.)

Influencias del demonio sobre el hombre. La teología ha tipificado algunas maneras de la estrategia dia bólica, más o menos repetidas en las manifestaciones de su insidia. El asedio (obsidio) es acción contra el hombre desde fuera, como cercándole, provocando ruidos nocturnos para intimidar, haciendo llamadas misteriosas en paredes o puertas, rompiendo enseres domésticos, etc.

Un testimonio bien representativo y no muy lejano es la vida de Juan María B. Vianney (1786-1859; v.), el Santo Cura de Ars, que vivió largos periodos de su vida asediado por el d. (cfr. 1. de Fabrégues, El Santo Cura de Ars, Madrid 1957, 223-235). La obsesión (obsessio) es ataque personal con injurias, daño del cuerpo, o actuando sobre los miembros y sentidos. La posesión (posessio) es la ocupación del hombre por el dominio de sus facultades físicas llegando hasta privarle de la libertad sobre su cuerpo (Mt 8,28-34; Me 5,1-13; Le 8,26-33; v. 111). Existen otros modos de seducción, tales como los milagros aparentes que él puede realizar, y la comunicación con el d. que se supone en algunos fenómenos de la antigua magia (v.) y del espiritismo (v.) contemporáneo.
     
     Pero la manera ordinaria como el d. ejecuta sus planes es la tentación (v.), que alcanza a todos los humanos. «Nuestra vida en este mundo no puede existir sin tentación, afirma S. Agustín, porque nuestro provecho se obtiene a través de la tentación, ya que nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no vence, ni puede vencer si no pelea, ni puede pelear si no tiene un enemigo y unas tentaciones» (Enarrationes in Psalmos, 60,3: PL 36,724). La palabra tentación, de suyo, es aséptica. Tentar es probar; y se puede comprobaruna cosa para ver sus buenos resultados. En el d., en- cambio, tiene siempre una carga de hostilidad y perversión. Tienta para lo peor, para el mal profundo y sin justificación que es el pecado. Quiere enfrentar al hombre con su Dios, quiere que lo pierda, que pierda el cielo. Y engaña, seduce, tienta. La tentación, en este sentido rigurosamente teológico, es toda maquinación por la que el d., positivamente y con mala voluntad, instiga a los humanos al pecado para perderlos. Por supuesto que en cualquiera de estas maniobras ofensivas depende del poder de Dios, no pudiendo actuar su malicia más allá de las fronteras donde Dios le permite desenvolverse. «El diablo es un cierto poder, explica S. Agustín; sin embargo, las más de las veces quiere hacer daño y no puede porque este poder está bajo otro poder... ya que Quien da facultad al tentador, da también su misericordia al que es tentado. Han limitado al diablo los permisos de tentar» (ib. 61,20: PL 36.743). Y en otro lugar: «Tienta Satanás no por su poder, sino con permiso del Señor, bien para castigar a los hombres por sus pecados, bien para probarlos y ejercitarlos según su misericordia» (De serinone Donúni in fllonte, 2,9,34: PL 34, 1284).

http://www.mercaba.org/Rialp/D/demonio_teologia.htm
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