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El encuentro de Jesus y la Samaritana, Maria Valtorta

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default El encuentro de Jesus y la Samaritana, Maria Valtorta

Mensaje por Admin el Dom Jun 16, 2013 4:32 pm

Yo me detengo aquí. Id a la ciudad y comprad lo que sea necesario para la comida. Aquí comeremos”.
“Sí Juan. Está bien que vayáis en grupo”.
“¿Y Tú te quedas solo… Son samaritanos…”
“No serán los peores de entre los enemigos del Mesías. Id, id. Oraré por vosotros y por ellos mientras os espero”.
Los discípulos se van de mala gana, y tres o cuatro v ...eces se voltean a mirar a Jesús que se ha sentado sobre un muro pequeño asoleado que está cerca del brocal ni alto ni ancho de un pozo, que en realidad es un señor pozo, pues parece una cisterna por lo profundo. En el verano se cubrían con su sombra altos árboles, que ahora están sin hojas. No se ve el agua, pero cerca del pozo hay muestras claras de agua en pequeñísimos charcos en los lugares donde se dejaron por un momento los cántaros. Jesús medita en su usual posición, con los codos apoyados sobre las rodillas y las manos juntas hacia delante, el cuerpo levemente doblado y la cabeza inclinada hacia la tierra. Siente que el sol le calienta y deja caer por tierra el manto de la cabeza y de la espalda pero lo recoge sobre sus rodillas.

Levanta la cabeza y se ríe de una bandada de pájaros que se pelean por un pedacito de pan que alguien habrá perdido cerca del pozo. Los pájaros levantan el vuelo al acercarse una mujer que viene al pozo con un cántaro vacío que trae del asa con la mano izquierda, y con la derecha, como sorprendida aparta el velo para ver quién es el hombre que está sentado. Jesús envía una sonrisa a la mujer que frisa entre los treinta y cinco y cuarenta años. Alta, de rasgos muy bien marcados, hermosos. Una clase de tipo que solemos llamar “española” por el color de olivo.. Los labios muy rojos y bastante grandes. Los negros ojos desmesuradamente grandes escondidos bajo espesas cejas. Trenzas negras que se transparentan bajo el velo ligero. También las formas corporales que pueden llamarse hasta cierto punto hermosas, tienen un marcado tipo oriental muelle como el de las mujeres árabes. Su vestido es de tela con rayas de varios colores. Lo lleva bien ceñido a la cintura. Le cae perpendicularmente sobre las caderas y sobre el pecho abultado, para caer en forma de ondas, hasta el suelo. En sus manos y en sus muñecas ya un poco regordetas y morenas que se dejan ver bajo mangas de lino hay muchos anillos y brazaletes. En el cuello trae un collar pesado del que penden medallas, mejor dicho, amuletos, porque son de todas clases. Pesados aretes le llegan hasta le cuello y brillan bajo el velo.
“La paz sea contigo, mujer. ¿No me das agua para beber? He caminado mucho y tengo sed”.
“¿Pero no eres Tú, judío? Me pides a mí, samaritana, que te dé a beber. ¿Qué ha pasado pues? Ciertamente algo grande habrá sucedido si un judío habla de esa manera tan cortés a una samaritana. Pero debería decirte: “No te doy nada para vengar en Ti todas las injurias que los judíos durante tantos siglos nos han hecho” ”.
“Has dicho bien. Algo grande ha sucedido, y por esto muchas cosas han cambiado y cambiarán otras. Dios ha hecho un gran regalo al mundo y por ero muchas cosas han sido cambiadas. Si tú conocieses el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber”, probablemente tú misma se lo habrías pedido, y Él te habría dado agua fresca”.
“El agua fresca está en las venas de la tierra. En este pozo hay, pero es nuestro”. La mujer es burlona y altiva.
“El agua es de Dios. Como la bondad es de Dios. Como la vida es de Dios, mujer, todo es de un Dios único. Todos los hombres vienen de Dios: los samaritanos como los judíos. Este pozo ¿no es el de Jacob? ¿Y no es Jacob la cabeza de nuestra raza?2 Esto no cambia el origen”,
“¿Error nuestro, verdad?” pregunta agresiva la mujer.
“No es ni nuestro ni vuestro. Error de alguien que perdió de vista la Caridad y la Justicia. No te ofendo ni a ti ni a tu raza. ¿Por qué eres tan ofensiva?”
“Eres el primer judío que oigo que hable así. Los otros… Pero, respecto al pozo, sí, es el de Jacob y tiene un agua tan abundante y clara que nosotros los de Sicar la preferimos a la de otras fuentes. Pero es muy profundo. No tienes ni cántaro ni odre. ¿Cómo podrás tener agua fresca para mí? ¿Eres más que Jacob, nuestro santo Patriarca, que encontró esta abundante vena para sí, para sus hijos y ganados y la dejó en recuerdo suyo y como un regalo?”
“Es así como tú has dicho, pero quien bebe de esta agua tendrá otra vez sed. Yo por el contrario dispongo de un agua que quien la bebiere, no sentirá más sed. Pero es sólo mía, y la daré a quien me la pida. En verdad te digo que quien posea el agua que Yo le dé, para siempre estará fresco y no tendrá más sed, porque el agua mía se convertirá en él manantial seguro y eterno”.
¿Cómo? No entiendo. ¿Eres un mago? ¿Cómo puede el hombre convertirse en pozo? El camello bebe y hace provisión de agua en su vientre grande, mas después se le termina y no le dura para toda la vida. ¿Y Tú dices que tu agua es para siempre?”
“Aún más: brotará hasta la vida eterna. En quien la beba será cual un surtidor que llegue hasta la vida eterna y la vida eterna producirá brotes porque es una fuente de salvación”.
“Dame de esta agua si es verdad que la tienes. Yo me canso en venir hasta aquí. Me la darás y no tendré más sed, y no me enfermaré nunca ni envejeceré”.
“¿Tan sólo de esto te cansas? ¿De otra cosa, no? ¿No sientes más necesidad que de beber agua para tu miserable cuerpo? Piénsalo bien. Hay algo más que el cuerpo. Existe el alma. Jacob no dio sólo agua del cosuelo para beber él y los suyos, sino que se preocupó de darse y de dar la santidad, que es el agua de Dios”.
“Nos llamáis paganos…” La mujer ha dejado su tono petulante e irónico y se ve una poca de sumisión y un poco confundida.
“También un pagano puede ser virtuoso. Y Dios que es justo lo premiará por el bien que hizo. No será un premio completo, pero, Yo te digo, entre un fiel en culpa grave y un pagano sin culpa, Dios mira con menos rigor al pagano. Y si sabes lo que sois, ¿por qué no venís al verdadero Dios? ¿Cómo te llamas?”
“Fotinai”.
“Pues bien, Fotinai, respóndeme. ¿Te produce dolor no poder aspirar a la santidad, porque eres pagana, como tú dices, porque estás en las tinieblas de un antiguo error, como digo Yo?”
“Sí, me duele”.
“Y entonces ¿Por qué no vives al menos como una pagana virtuosa?”
“¡Señor!...”
“Sí. ¿Puedes negarlo? Ve a llamar a tu marido y regresa con él”.
“No tengo marido…” El turbamiento de la mujer aumenta.
“Dijiste bien que no tienes marido. Has tenido cinco y el que ahora está contigo no es tu marido. ¿Era necesario esto? Tu religión tampoco aconseja la deshonestidad. También tenéis el Decálogo. ¿Por qué entonces, Fotinai, vives así? ¿No te sientes cansada de esta fatiga de ser carne para otros, y no la mujer honesta de uno sólo? ¿No te causa temor alguno cundo llegue tu atardecer y te encuentres sola con recuerdos, con amarguras, con temores? Sí. Temor de Dios y de los espectros. ¿Dónde están tus criaturas?”
La mujer baja la cabeza. No habla.
“No las tienes en la tierra, pero sus pequeñitas almas, a las que prohibiste ver la luz del día, te acusan siempre. Joyeles… hermosos vestidos… casa rica… mesa bien colmada… Sí. Pero vacío, con un sincero arrepentimiento por medio del perdón de Dios, y por consiguiente el perdón de tus criaturas, puedes volver a ser rica”.
“Señor, veo que eres un profeta, y tengo vergüenza…”
“Y del Padre que está en los Cielos ¿no tenías vergüenza cuando hacías el mal? No llores de abatimiento ante el Hombre… Ven acá, Fotinai, cerca de Mí. Te hablaré de Dios. Tal vez no lo conocías bien, y por esto, ciertamente por esto, te has equivocado tanto. Si hubieses conocido bien al verdadero Dios, no te habrías rebajado hasta tal punto. Te habría hablado y ayudado a levantarte…”
“Señor, nuestros padres adoraron sobre este monte5. Vosotros decís que sólo en Jerusalén se debe adorar. Tú dices que Dios es uno solo. Ayúdame a comprender dónde y cómo debo orar…”
“Mujer créeme. Dentro de poco llegará la hora en que ni sobre este monte de Samaria, ni en Jerusalén el Padre será adorado. Vosotros adoráis al que no conocéis. Nosotros adoramos al que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Te recuerdo los profetas. Pero vendrá la hora, mejor dicho, ha empezado en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, no con el rito antiguo, sino con el nuevo en que no habrá sacrificios ni hostias de animales consumados en el fuego, sino el sacrificio eterno de la Hostia espiritual en el reino espiritual. Y los que sepan adorarlo en espíritu y verdad lo comprenderán. Dios es Espíritu. Quienes lo adoren deberán adorarlo espiritualmente”
“Tienes palabras santas. Yo sé, pues también nosotros sabemos alguna cosa, que está por venir el Mesías, el que también es llamado “el Cristo”. Cuando venga nos enseñará todo. Acá cerca está el que dicen que es su Precursor. Muchos van a oírlo, pero es muy severo… Tú eres bueno, y las pobres almas no tienen miedo de Ti. Me imagino que el Cristo será bueno. Lo llaman el Rey de la Paz7. ¿Faltará mucho para que venga?”
“Te dije que su tiempo es ya presente”.
“¿Cómo lo sabes? ¿Eres un discípulo suyo? El Precursor tiene muchos. También el Mesías los tendrá”.
“Soy el que te hablo, Jesucristo”.
“¡Tú!... ¡Oh!...” La mujer, que se había sentado cerca de Jesús, se levanta y está por huir.
“¿Por qué huyes, mujer?”
“Porque tengo horror de estar cerca de Ti. Eres Santo…”
“Soy el Salvador. He venido aquí –no era necesario– porque sabía que tu alma estaba cansada de andar errante, que estás nauseada de tu comida… Vine a darte una comida nueva que te quitará las náuseas y el cansancio… ve ahí a mis discípulos que regresan con mi pan. Pero Yo ya me he alimentado al darte las migajas iniciales de tu redención”.
Los discípulos miran de reojo, más o menos prudentemente, a la mujer, pero nadie dice nada. Se va ella sin pensar más ni en el agua ni en el cántaro.
“Henos aquí, Maestro” dice Pedro. “Nos trataron bien. Aquí hay queso, pan fresco, aceitunas y miel. Toma lo que quieras. Esa mujer hizo bien en haber dejado su cántaro. Terminaremos más pronto con él que con nuestras pequeñas vejigas. Beberemos y las llenaremos, sin tener qué pedir otra cosa a los samaritanos. Ni siquiera acercarnos a sus fuentes. ¿No comes? Quería buscarte algo de pescado pero no hubo. Tal vez te habría gustado más. Estás cansado y pálido”.
“Tengo un alimento que no conocéis. Comeré de él. Me dará muchas fuerzas”.
Los discípulos se miran con ojos interrogativos.
Jesús contesta a su muda pregunta. “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado para que realice la obra que es su deseo que Yo haga. Cuando un sembrador arroja la semilla ¿puede acaso decir que ya hizo todo de modo que ya ha cosechado? No. No es así. Cuánto le falta todavía para decir: “Mi obra está ya terminada”. Y hasta que no llegue ese momento, no puede descansar. Mirad estos pequeños campos bajo el alegre sol de la hora de siesta. Hace un mes, menos si se quiere, la tierra estaba desnuda, negra por las lluvias. Vedla ahora. Tallos y tallos de trigo, apenas despuntando, de un color verde tenue, que bajo la luz fuerte parece más claro, cubren la tierra de un ligero color blanquecino. Esta es la mies futura y al verla decís: “Dentro de cuatro meses viene la cosecha. Los sembradores tomarán segadores, porque si uno es suficiente para sembrar su campo, se necesitan muchos para segarlo. Y todos están contentos. Tanto el que sembró un pequeño costal de trigo y que ahora debe preparar graneros donde lo ponga, como los que en pocos días ganan para vivir por algunos meses”. También en el campo del espíritu los que segarán lo que Yo he sembrado., se alegrarán conmigo y como Yo, porque les daré mi salario y el fruto debido. Daré de qué vivir en mi Reino eterno. Vosotros no tenéis mas que segar. El trabajo más duro lo he hecho. Y sin embargo os digo: “Venid. Segad en mi campo. Estoy contento de que os carguéis de haces de mi trigo y lo hubieseis cosechado, entonces será cumplida la voluntad de Dios y me sentaré al banquete de la Jerusalén celestial”. Ved que los samaritanos vienen con Fotinai. Tened caridad con ellos. Son almas que vienen a Dios”.
 
Viene a donde está Jesús un grupo de samaritanos principales guiados por Fotinai. “Dios sea contigo, Rabbí. La mujer nos ha dicho que eres un profeta, y que no desdeñas hablar con nosotros.

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